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Archive for 21 junio 2010

Fátima fue una de mis alumnas en este semestre. Trabajamos algunos textos; algunos cuentos, descripciones del ámbito familiar; la relación entre ficcción y realidad y éstos son algunos de los resultados. A mí en lo personal me gustaron. , estás en libertad de  dejar tu comentario.

MEDUSA

 A las cinco de la tarde como todos los viernes está sentada en una mesa para dos personas. Aquélla que da a la gran ventana, por donde se ve borrosamente la lluvia.

 La puedo observar desde mi mesa, parece preocupada, algo a disgusto, pareciese que sospecha algo. No deja de pasear la mano por su cabello ondulado, sus dedos largos a su paso deshacen las ondas que después vuelven a enroscarse como una guía en un árbol.

 Mira su reloj, han pasado apenas diez minutos y ya se muestra más impaciente. Prueba su café y abre lentamente sus enormes ojos que se pierden con el color gris de su blusa.

 Él ha llegado y toma asiento frente a ella, platican un rato. Mientras yo pido un café, el aroma es irresistible, cuando intento sorber un poco, mi reflejo en la bebida me detiene. Puedo ver cómo mis ojos grandes se hacen pequeños, cómo mis cabellos lacios se hacen serpientes y cómo mi rostro se torna de un color bronceado a un color gris, sombrío.

No es para menos, me siento así como la mitológica Medusa.

 Levanto la mirada, ella se lleva sus blancas manos hacia el rostro y trata de detener la primera lágrima… pero ya es tarde y no hay mucho que hacer, él deja dinero sobre la mesa, se despide.

 Camina hacia la entrada y me espera en la puerta, caminamos tomados del brazo hacia el coche, yo volteo lentamente y lanzo una sonrisa a aquella desdichada y pálida mujer que se ha quedado con la boca entreabierta, con los labios reventados y blancos por la brisa. Parece inmóvil, de piedra… parece una estatua. En silencio,  mi conciencia me cuestiona si el café no miente.

 

 

 

 

 

SONREÍR   

  Dante, siempre tan risueño, nunca deja de sonreír. Uno puede ver cómo sus ojos verde claro se hacen pequeños y sus labios abren paso a su perfecta dentadura, cuyos dientes parecen granos de granada acomodados exactamente, uno tras otro, y los pequeños hoyos en cada lado de sus rosadas mejillas.

 Tras un viaje recordó el seceso que cambió tajantemente su vida.

 Recuerdo tus suaves dedos acariciando mi nuca y pasando por mi oreja, al tiempo que me susurrabas al oído te amo, tus labios se trasladaban hasta mi frente y sonaban como suena un beso.

 Eso era lo que pensaba Dante al ir en su automóvil a una velocidad alta, con los ojos cristalinos tratando de retener las lágrimas, su visión era casi nula, pero no le importaba, en ese momento lo que deseaba era morir, porque cómo vivir sin la persona que amas, aquélla a la que le entregaste todo y ella sólo partió dejando una pequeña pero profunda herida.

 Me temblaban las piernas, y las manos me sudaban igual que el  día en que te pedí matrimonio, sentía el mismo hueco en el estómago y no podía verte a la cara. La diferencia es que ahora no te puedo rogar que te quedes aquí conmigo, y al besar tus labios pálidos y fríos no encuentro respuesta.

 Se vio una luz muy fuerte, y al tiempo se escuchó un sonido horrible, las llantas se deslizaron por la carretera y Dante salió del carro muy golpeado.

 Mientras escuchaba a lo lejos el sonido de la ambulancia sintió las suaves caricias de aquella a quien amó, y mientras lloraba con mayor fuerza y le suplicaba que no se marchara oyó que algo musitaba en su oído: Quédate, aún no es tiempo, aún no has visto todo, yo estaré contigo siempre, sólo quédate.

 A pesar del dolor por no tenerte aquí sé que estas a mi lado. Por eso me gusta mi trabajo porque me ha enseñado a ver cada instante de mi vida de una forma diferente, y al ver cada paisaje, cada persona, cada cosa respiro profundamente y cierro los ojos, y al cerrarlos te puedo ver, veo que suspiras junto a mí, eso… eso me hace sonreír.

 

 

TREINTA Y UNO DE OCTUBRE

 Antes del primero de noviembre, el jardín del pueblo es salpicado por gotas de agua que despiertan el olor a tierra mojada, para después instalar aquellos típicos puestos, esas estructuras metálicas con madera cubiertas con telas blancas donde reposan cabezas de calavera, tumbas rosadas, donde, si jalas el hilito sale el muerto, ovejas, platillos  de comida mexicana, gallinas y un sinfín de figuritas de dulce y chocolate, que se venden para adornar el altar de muertos.

 Yo no puedo esperar a que llegue el día de muertos y desde tres días antes, junto con mi familia, empezamos a hacer las compras.

 Mi papá ha llevado a la casa unos huacales, para hacer la estructura de siete pisos. Mi mamá, con algo de esfuerzo, nos ha prestado sus adorados manteles blancos que aún desprenden un aroma dulce y fresco.

 Desde hace ocho años hemos dedicado este altar a Felipe Loma Soria, mi abuelo paterno, una buena persona que supo pedir perdón en el momento exacto. Su rostro se aprecia bien desde la distancia del primer escalón del altar.

 Mi hermana mayor disfruta de acomodar las prendas del abuelo: una buena botella de tequila, una de cerveza y un vaso de aguamiel, la que degustaba mucho el difunto, y algunos dulces. Mientras, mi mamá se esmera en un mole de almendras y un café de olla. Papá, por su parte, pasea por la huerta para recolectar las limas, que al arrancarlas desprenden un dulce aroma y hermosas flores blancas de azahar, también busca esas bolitas amarillas aterciopeladas, que combinan un sabor dulce y agrio provocando una ansiedad y deleite por toda la boca. Es irresistible no comer un níspero, son una delicia. Los aguacates, las guayabas y flores de la huerta del difunto, son también para el difunto.

 No puedo evitar suspirar hondamente al ver entrar a mi papá, tan pensativo y con los ojos llorosos. Al estar acomodando el altar entre los cinco, mis papás nos cuentan historias desconocidas del abuelo, papá al final tararea fragmentos de canciones de aquél ídolo dolorense: José Alfredo Jiménez.

 Si encuentras un amor que te comprenda, y sientas que lo quieres más que a nadie, entonces yo daré la media vuelta, y me iré con el Sol cuando llegue la tarde…

 Cuando terminamos de arreglar el altar y ya algo cansados, mamá casi nos obliga a rezar un rosario para que –según ella- mi abuelo logre salir del purgatorio y se acerque más a la gloria de Dios.

 Todo este ritual se hace el 31 de octubre, día que se celebra el aniversario de vida de mi papá. Así que, después de un momento solemne pasamos a un momento de tertulia.

 Mi mamá, esa noche, hace calabaza en almíbar, tratando de sacar la pulpa con mucho cuidado de no romper la cáscara ya que ésta la usamos para hacer un ramo con  flores de cempasúchil y nubes.

 Cuando estamos en la mesa y al ritmo de la letra de “Y te solté la rienda” papá le  muerde al pastel y le agradece al abuelo estar puntual el 31 de octubre y no el primero de noviembre como los demás acostumbran.

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El cuento gana por puntos, el microrrelato gana por nocaut. ¿Conoces algún microrrelato que te haya “golpeado”?  Publícalo aquí.

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